Vivimos tiempos convulsos, tanto en lo económico como en lo social; y la política no deja de ser una de las instituciones peor valoradas por los ciudadanos. Muchos achacan a nuestro joven sistema democrático los fallos sistémicos que arrastra, se habla de ello en los periódicos, en las tertulias radiofónicas, en los bares y cafés; pero es preferible reconocer el problema que ignorarlo.

Muchos éramos muy jóvenes cuando acabó la Dictadura, se nos llama Generación de la Democracia, por ser éste el único sistema que conocemos, y aunque con imperfecciones es el mejor posible. Nuestra transición giró hacia unos valores como la concordia, la participación, la convivencia, la cesión, el encuentro, el diálogo, el pluralismo, la moderación, la tolerancia…, valores que unían a los españoles en marcha hacia un objetivo común, el hacer de España el país moderno y democrático que hoy conocemos.

Se perdonaron odios y rencores, no hubo vencedores ni vencidos, todos perdimos durante 40 años, y nos pusimos manos a la obra para encontrarnos en lo que nos une, no en lo que nos separa. Fue posible nuestra democracia gracias a la sensatez, el sacrificio, y la templanza de unos políticos que vieron más allá de su mandato, y como estadistas hicieron lo que debían hacer no por su bien, sino para el de las generaciones futuras.

En los momentos de crisis es cuando se conoce realmente a las personas, también a las sociedades, y debemos evitar el hacernos partícipes de un “guerracivilismo” que ya superamos y recuperar y ensalzar aquellos valores que nos han traído más de treinta años de paz, prosperidad e ilusión. No podemos dejarnos superar por las circunstancias.

Vengo observando desde hace un tiempo lo fácil que es apoyar a movimientos o causas movidos por una “bondad infinita”, que nos elogia como personas pero que políticamente no deja de ser un brindis sin consecuencias. Todos queremos el bien, todos deseamos lo mejor, todos confraternizamos con aquellos sucesos que nos mueven a la compasión, a la solidaridad, a la ayuda.

Se nos llena la boca con palabras grandilocuentes como libertad, justicia, solidaridad y miramos al horizonte, sin darnos cuenta que a nuestro lado tenemos dolor, sufrimiento y aflicción. Queremos solucionar los problemas de otros países y no somos capaces de solucionar los nuestros propios; ¿no es una contradicción?

Hablamos de democracia cuando permitimos la opinión ajena, no se puede criticar a unos ciudadanos por expresar libremente sus ideas, la democracia es tolerar la opinión contraria e incluso defenderla si se expresa libremente: sin ambages, sin titubeos, sin fisuras. Hablamos de democracia cuando amparamos que otros no opinen como nosotros, y defendemos su libre expresión sin violencias, sin chantajes, sin miedo. Hablamos de democracia cuando pensamos que las nuestras no son las únicas ideas, ni se fundamentan en la verdad más absoluta.